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PLAN VACACIONAL SUPERAPRENDIZAJE

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Edades de 8 a 16 años

30 abr. 2013

¡No me hace caso! ¿Qué hago para que mi hijo(a) me respete?


Educar a la generación de este siglo XXI cada día es un desafío. Lejos estan aquellos días en el padre daba una orden y esta era obedecida “sin chistar”, por temor y por lo que en aquel entonces se consideraba “respeto”. Hoy en día, es común que ante una orden los hijos te queden mirando y te pregunten ¿Por qué? , o ante una llamada de atención, te respondan en voz alta y hasta te recuerden que “no tienes moral para regañarle por el desorden si tú también eres un desordenado”.   La generación actual , lejos de ser sumisa y pasiva , como algunos padres y docentes añoran , son cada día mas  consientes de “sus derechos”, y están menos dispuestos a obedecer y respetar, si no es  por lo que  confiesan  la mayoría de los adolescente con los que he tratado : “respeto por admiración”.
Hacernos obedecer y respetar es un trabajo que debe educarse día a día. Desde muy temprana edad (algunos expertos señalan que antes de los 5 años) hay que enseñarles a los hijos cuáles son sus posiciones en el hogar, y ser ejemplos de normas de conducta, para que ellos sientan la admiración necesaria que conlleva al respeto y a la obediencia. Hay que desechar la creencia de que: “porque están chiquitos no entienden” o legar esta responsabilidad al padre más dominante “que si le pone carácter”. Ambos padres deben involucrarse en la educación del respeto, con normas y límites claros a los hijos, si se reside en la casa de los abuelos, hay que sostener que son los padres en primera instancia quienes deben encargarse de la educación en respeto y los abuelos deben ser apoyo del mismo, “no desautorizando a los padres y manteniendo las normas que el niño debe cumplir”.  
Pero ¿Qué puede hacer una madre o un padre para educar a sus hijos pequeños  para el respeto mutuo? Es posible que en más de una ocasión pasen por tu cabeza preguntas de este tipo, así que vamos a ver si podemos dar respuestas con algunos consejos. Primero  hay que hacer peticiones acordes a su edad: debemos asegurarnos de que el niño es capaz de hacer lo que le pedimos, si no, debemos ayudarle a llevar a cabo nuestra petición. Felicitarle cuando hace las cosas bien: suele ocurrir que les digamos las cosas que hacen mal, y no las que hacen bien, dejando que estas últimas pasen desapercibidas. Estar más atentos a su mal comportamiento puede fomentarlo, ya que el niño siente que de esta manera llama más la atención. No darle varias instrucciones a la vez, sino mandarle una cosa cuando haya terminado lo anterior. Es importante evitar frases como “Lávate los dientes, ponte el pijama y vete a la cama”, ya que pueden provocar el rechazo por parte del niño. Hablarle de forma agradable: tenemos que evitar dar las órdenes gritando o enfadados y por el contrario, hacerlo en un tono amistoso. Explicarle por qué le pedimos algo: que tu hijo comprenda el fin de tu petición ayudará a que la lleve a cabo sin poner impedimentos. Por ejemplo, cuando le pides que se lave los dientes, explícale la importancia de la higiene bucal. Evitar las órdenes a distancia: no hay que mandarle las cosas cuando nuestro hijo está en otra habitación, pues el contacto visual favorece que los niños obedezcan. Y muy significativo dar Refuerzo positivo: éste es uno de los métodos más recomendados por los psicopedagogos. Se trata de ofrecerle algo a cambio, como por ejemplo “Si te lo comes todo, después iremos a jugar al parque”. Es preferible ofrecerles una recompensa afectiva que material. Y recordad, que sólo le daremos ésta después de que haya realizado lo que le hemos pedido, y no antes.
Para los no tan chicos de la casa, es recomendable que en primer lugar sea “un modelo atractivo “de conducta, inspira respeto, y esto se logra por acciones (no por agresiones o criticas), un hijo estará más dispuesto a obedecerte si nota que lo que le corriges lo haces porque le amas y le deseas lo mejor, no “porque debe hacerse” o “por el que dirán”. Recuerda que no puedes exigir algo que tu no das, te mentira si tu eres mentiroso, será desordenado si no ordenas tu vida, te gritara si tu le gritas y te criticara si tu lo criticas. Da respeto y obtendrás respeto, y eso se logra hasta con la forma como te comunicas con tu hijo.
Mantén la compostura. No reacciones de forma exagerada, ni tampoco armes una gran pelea debido a las palabras que expresó o el tono de voz que usó. Y, por supuesto, nunca le pagues con la misma moneda. La mejor manera de enseñarle a tu niño que debe de hablarte con respeto es hacer tú lo mismo. Le puedes decir: "Creo que puedes encontrar una manera mucho mejor de decir eso". Evita decirle: "¡No me hables de esa manera, qué maleducado eres!". De esa manera no le darás un buen ejemplo a tu niño y sólo intensificarás su frustración.  Hazte la sorda. Si tu hijo se pone insolente, trata de no discutir o negociar con él. Eso sólo reforzaría su comportamiento. Si, por ejemplo, están jugando a un divertido juego de Twister y tu niño salta con un "¡No me caí, tonta!", dile que ya no jugarás hasta que te hable de manera educada. Si sigue hablándote mal, cumple tu promesa y termina inmediatamente el juego (sin darle otra oportunidad). Sal de la habitación diciendo, "Hablaremos cuando estés listo para portarte mejor". 
Si tu hijo se pone impertinente en el supermercado, porque quiere le compres un dulce, no te intimides y le concedas sus caprichos con demasiada facilidad (ni tampoco seas excesivamente estricta) para salir de la situación. Trata de decirle con calma, que no tolerarás que sea grosero en ningún lado. Busca un lugar tranquilo y dile que si lo vuelve a hacer habrá una consecuencia (como por ejemplo, no podrá ir a la casa de su amiguito a jugar como lo habían programado).
 Al mostrarle a tu hijo que te respetas a ti misma demasiado como para aceptar que te trate groseramente, le estás enseñando lo que significa tener respeto y te estás ganando el suyo. Permítele elegir. Si le das a tu hijo el poder de tomar algunas decisiones a lo largo de su día, tendrá menos necesidad de imponerse de manera ofensiva. O sea que dale muchas oportunidades para que él solito pueda elegir. Pregúntale "¿Prefieres ponerte la chaqueta verde o la roja?" o "¿Te gustaría hoy ir a la biblioteca o al parque?". Asegúrate de que todas las opciones que le ofreces sean aceptables para ti, y respeta su decisión. Por ejemplo, no le des a elegir entre helado y fruta como postre si sabes que en realidad quieres que escoja la fruta. Marca tu límite. Asegúrate que tu hijo entienda qué palabras están permitidas y cuáles no. Si está prohibido decir "¡guácala!" a la hora de la comida, o si no te hace ninguna gracia que conteste a tus explicaciones con un "¡ya lo sé!", explícaselo claramente. Dile "No se habla de esa manera. Por favor háblame educadamente".   "Es esencial establecer los límites cuando el niño es pequeño", dice Wade Horn, un psicólogo clínico en la ciudad de Gaithersburg, Maryland. "Si no lo haces, lo estás invitando a la rebeldía". Enséñale también a tu hijo que no tiene que decir todo lo que piensa. No hay por qué decirle a la abuelita, por más inocente que sea el comentario, que su pastel quedó crudo. Y la cajera del supermercado tampoco necesita escuchar que tiene unos quilitos de más. 
Demuéstrale que lo comprendes.
 Cuando tu niño manifieste verbalmente su enojo, dile que te importa lo que él siente, aunque no apruebes la manera en que está expresando sus sentimientos. Muchas veces el simple hecho de reconocer sus emociones (como al decirle "Hay hijito, parece que esto de verdad te ha molestado"), calmará la furia de tu pequeño, y no te verá como su adversaria. Si logras ver más allá de su tono de voz, podrás enfocarte en lo que tu hijo realmente está tratando de decir ("¿Te has enojado porque tienes que dejar de colorear para recoger tus calcetines?"). Si ves que tu niño puede hablar tranquilamente sobre la situación, traten de llegar a un acuerdo que funcione para los dos. Por ejemplo, tal vez tu niño pueda terminar primero su dibujo y después colocar sus calcetines en la canasta de la ropa sucia. 
La mayoría de las veces, sin embargo, tendrás que dejar las lecciones importantes para después. Es mucho mejor hablar sobre las cuestiones más profundas, relacionadas con la falta de respeto, una vez que se les hayan calmado los ánimos (al niño y a ti). Es decir, regresa al tema cuando puedas analizarlo de una forma más razonable. Le puedes decir: "Sé que te enojas cuando te pido que recojas tus cosas, pero no tienes que llamarme 'tonta'. ¿De qué otra manera podrías decirme cómo te sientes?".
 

23 abr. 2013

¿Está bien dejar dormir a los hijos en la cama de papá y mamá?




¡Dormir es muy placentero! El sueño es un hábito importante para un desarrollo sano de los niños y niñas; y por lo tanto este debe estar amparado con buenas costumbres desde la más temprana edad. Por algunas circunstancias, algunos niños duermen junto a sus padres desde que son bebés. Esta costumbre, muy arraigada desde el siglo XIX, está comprobado que ayuda a desarrollar el vínculo del bebé con sus padres y que los pequeños que duermen con ellos , amamantan  un tercio de tiempo más que los demás bebés que se les acostumbra dormir solos, trayendo beneficios para su salud a largo plazo. Esta costumbre implementada durante los primeros meses de vida puede ser un hábito natural. ¿Pero qué sucede con el niño o niña que pasado el primer año de vida aun sigue durmiendo en la cama de papi y mami?.
En EE UU los pediatras Ferber y Lozoff han estudiado a fondo el llamado co-sleeping: cuando el niño duerme con alguien del entorno hogareño (padres, hermanos, abuelos, niñera). Investigaciones realizadas por estos autores en las décadas de 1980 y 1990 revelan que dormir con los niños no les beneficia.
Como indica el Dr. Peraita, el sueño es un periodo de gran actividad de la corteza cerebral y durante su transcurso se segregan hormonas como la del crecimiento, el cortisol o la melatonina. Un sueño adecuado en cantidad y calidad es fundamental para un desarrollo sano en los niños. Entre otros trastornos, la alteraciones del sueño podrían comprometer la segregación de la hormona del crecimiento y condicionar la talla, situación que sucede cuando el niño duerme en la misma cama con un adulto. "El niño debe tener su propio espacio vital también para dormir y descansar. Necesita ciertas condiciones de aislamiento, lumínicas, térmicas y acústicas que le ayuden a conciliar el sueño. Todo lo que sea perturbador de su sueño, como los ronquidos o los contactos por movimientos al compartir la cama, pueden favorecer con el tiempo la aparición de trastornos del sueño, sobre todo insomnio. Incluso la costumbre de que el niño duerma con los mayores puede propiciar la práctica de abusos sexuales a los menores", afirma Peraita.
Entre los tres y los cinco años los niños pueden sufrir pesadillas y terrores nocturnos. Este hecho forma parte de su paulatino descubrimiento del mundo y de su maduración emocional. A juicio de  la Dra Mardomingo , Psiquiatra Infantil , no hay que infravalorar el sufrimiento que esto causa en el niño. Es necesario escucharle, tranquilizarle, hacer que se sienta comprendido y apoyado, pero mostrar firmeza para que siga durmiendo en su cama. Cualquier acontecimiento vital que para ellos sea traumático puede generar miedo a dormir solos, ya sea por temor a la oscuridad, a que aparezcan monstruos, a los ruidos. Y este temor se traduce en un estado de ansiedad y angustia que representa un gran sufrimiento para el pequeño. En estos casos, hablamos de una reacción de estrés postraumático que perturba el sueño. Es frecuente hallar estas conductas cuando los niños han vivido catástrofes naturales y accidentes o cuando han presenciado actos de violencia, o han sufrido la pérdida de un ser querido. También los problemas en el colegio pueden conducir a serias alteraciones del sueño y al miedo a dormir solo". Escuchar al niño e indagar la causa es la primera actitud que han de adoptar los adultos y, si la situación se perpetúa y altera notablemente la calidad de vida del pequeño, tal vez sea necesario consultar con un profesional, pero jamás debe ser justificativo para que el niño se “instale de nuevo en la cama de los padres”.
¡Debe evitarse dormir con los hijos!; este consejo tiene sus razones. Proviene de la investigación psicoanalítica, que descubrió que la sexualidad humana existe desde el nacimiento y que el niño está habitado por fantasías sexuales dirigidas a los propios padres. Dormir con los padres, entonces, puede producir un exceso de excitación en los chicos que dificultaría la autorregulación de sus impulsos. Este exceso puede expresarse en un aumento de irritabilidad y de descarga corporal que muchas veces puede perturbar el logro de ritmos de alimentación, de sueño, y de aceptación de límites en la vida cotidiana. De aceptar mantener este mal habito, podría crearse un nivel de dependencia o la necesidad de la presencia de los padres para dormir siempre. También los niños podrían correr el riesgo de ser en el futuro personas inseguras, reprimidas e indefensas, afectando el desarrollo de la autonomía.
En este siglo XXI, donde como padres tenemos el compromiso de crear seres independientes, responsables y orientados al logro, es necesario considerar de una vez por todas dejar que cada miembro de la familia tenga su espacio personal y cree su propio ambiente del cual deberá hacerse cargo, como un modo de enseñar la responsabilidad y el cuidado de las pertenencias propias. Vale la pena “exiliar a los hijos de la cama”, a fin de criar adultos seguros.